Desde que los vampiros con brillantina revolucionaron las hormonas de las adolescentes, ávidas del hombre perfecto que además tuviera superpoderes, muchos pensaron que las modificaciones a la tradición chupasangre eran una terrible aberración. Y aunque ya no me considero una férrima seguidora de la saga de Stephenie Meyer (antes lo fui, debo confesarlo), sí creo que deben destacársele algunos puntos a favor. No me refiero a la historia de amor, donde la dependencia casi desquiciante de la protagonista por su joven y perfecto amante parece más una necesidad imperiosa de llenar los vacíos que todas tenemos y sobretodo, de vivir la vida a través de otro, que un amor realmente verdadero. (Lean a Khalil Gibrán cuando dice: "Y estad juntos, pero no demasiado juntos. Porque los pilares del templo están aparte.Y, ni el roble crece bajo la sombra del ciprés ni el ciprés bajo la del roble" El profeta.)
Tampoco me refiero a la indecisión de Bella, entre el calor del licántropo o la gelidez del vampiro. Porque he de confesarlo, cuando leí "Eclipse", tercera parte de la saga, sólo quería que ella se fuera de Forks y dejara de hacer sufrir a los pobres tipos. Ni menos me refiero al final feliz que le dio Meyer a Amanecer, dónde la tensión que te alimenta durante todo el tomo se desvanece como un globo inflado y sin amarrar, volando por los aires.
No, no me refiero a eso.
Sin duda, uno de los puntos que llamó mi atención esta noche, repasando la gran cantidad de críticas que he leído a favor y en contra de la saga, es el glitter. ¿A qué me refiero? Cuando Edward le explica a Bella que no puede exponerse al sol porque el mundo entero se daría cuenta de su condición por el hecho de brillar como un diamante, le dice también que se considera un monstruo.
Muchas veces, a nosotros nos pasa lo mismo. Nuestro cuerpo y nuestra alma son sin duda hermosos, pero lo que nos muestra el espejo no tiene nada que ver con lo que nuestra mente ve. Y por más que otros nos digan que somos bellos, jamás creeremos en eso. Es lo que sucede con Edward. Si pasáramos por alto el hecho de ser un vampiro, un monstruo de la literatura, podríamos decir que es un adolescente inseguro, buscando una identidad que le proporcione un lugar en esta vida. Y la verdad, es que viéndolo desde ese punto de vista, yo tengo mucho de Edward, más incluso que de Bella. Ella es el arquetipo, lo típico que se vislumbra en el libro, donde la dueña de casa Meyer quiso expresar quizás, lo que sufrió cuando aún era joven. Pero Edward se siente un monstruo, a pesar de ser un hermoso ser que atrae a todo cuanto está a su alrededor.
Muchas veces nos dicen que somos personas hermosas, y es cierto, lo somos, pero nuestra mente es más fuerte y engañosa de lo que nos conviene, lo que hace que nos creamos todo cuanto nos pone en frente. Entonces, ¿hace falta que el sol nos ilumine para que otros vean nuestra belleza? O mejor dicho, ¿para que nosotros veamos nuestra belleza? Edward se consideró un monstruo hasta mucho después de conocer a Bella, e incluso después de enamorarse de ella. Es importante tener en cuenta que no depende de otros el reconocernos bien, sino de nosotros mismos. Creo que eso le reconozco a Meyer... sabe de alguna forma, ahondar en los problemas de los adolescentes y los jóvenes, los trata de manera singular. Pero nosotros mismos tenemos que ver más allá del espejo, romperlo y crear nuestra imagen de manera constructiva, no destructiva. Un punto para Meyer.




























